Me imagino a Zack de la Rocha sudoroso tras actuar en Rock in Rio en Madrid. “Si tío, hoy hemos vuelto a darles por el culo a los sucios capitalistas”, comentará a su amiguísimo del alma Tom Morello, mientras ambos se toman una Pepsi bien helada. Entretanto los asistentes a su concierto tendrán que pagar cinco euros por una botella de agua, o veinte por una pizza con secreto en la masa. Eso sí, podrán comprar sus modelitos en Bershka, o camisetas de superhéroes en Zara.

Más tarde, entre mamada y mamada de alguna talifán descerebrada, James Hefield comentará a sus compadres “somos puro Rock and Roll tíos”, mientras su agente coge su diez por ciento. Mientras esto ocurre Kirk Hammett fustiga a un lacayo con su cinturón de cuero porque el humidificador no funciona correctamente. Sus fans se mezclan, entretanto, con los de otra estrella de Rock and Roll de talla mundial como Milley Ciyrus o Hannah Montana o su puta madre. Mientras algún pastillero desorientado mira a su alrededor mientras se deseca el cerebro.

Damas y caballeros, bienvenidos a Rock in Rio, el mayor despropósito musical que se ha visto sobre la tierra y donde grandes grupos musicales cavan sus tumbas de prestigio junto a basura. Todo ello montado en medio de un desierto, con precios desorbitados y con un megacentrocomercial mientras suena de fondo Killing in the name. 

Enculada fina a los fans y a los amantes de la música. Si pagas por caja tienes derecho a todo hermano. ¿Ideales musicales? Eso para los cantautores como Franco Battiato. Eso si, como bien dice James, “somos rock and roll puro”. A cien euros por pase por supuesto. Y mejor en festivales que así damos conciertos más cortitos y cobramos lo mismo y además nos aprovechamos del fenómeno fan. Que ya somos mayores, ¿no veis que tengo que peinarme el tupé para ocultar mi calva? Basura consumista y completamente de mal gusto.

Escupitajo directo al resto de festivales y a grupos que de verdad hacen buena música. Todo a favor del promotor, por supuesto, y también del buitre de la SGAE que se pasará por allí con el saco y el símbolo del dólar. O quizás no, para qué, mejor ir a conciertos benéficos a pasar la saca. Sonríe Telepizza, sonríe Pepsi y sonríe Agua de Bezoya, tócame la polla, ante la masa de ovejas que se conglomeran en el desierto madrileño. Sonríe Amancio Ortega al que le ponen un centro comercial como se las ponían al rey de España. ¿Y la música? “A tomar por culo la música, esto es negocio”, dice el camello que le pasa pastillas a Shakira y farla a Beyoncé.

Mitos que se arrastran por la mierda y músicos que viven instalados en ella. Caca deluxe servida en bandejita de plata a los consumidores musicales, gilipollas máximos, que comparten sus listas de Spotify en Facebook y se consideran salvadores de la música porque se han comprado la última basura de Bon Jovi, o la penúltima, o cualquiera de las que jalonan su triste carrera musical. Festival a la medida de Pereza.

Un aplauso por ellos. Porque consiguen perpetuarse sin engaños, riéndose a la cara de los talifans que pagarán por pasar sed, calor, hambre y mala música. Pringaos, ¡esto es negocio gilipollas!

¡El Rock and Roll ha muerto! ¡Larga vida a Rock in Rio! Aunque sea en Madrid.