Hace unos años, inocente de mí, me acerqué a una tienda de cómics a preguntar si tenían entradas para ver el estreno de Las Dos Torres. Allí, un argentino gordo y maloliente con una camiseta del Castigador me atendió efusivamente. (Inciso: Ese argentino ya me había atacado semanas antes cuando le intenté hablar de Watchmen. Aulló el nombre de Allan Moore y me abrazó con su apestosa mole. En aquel momento me apeteció clavarle un cuchillo en el cuello y mientras se desangraba lentamente leerle, en inglés original por supuesto, el capítulo de From Hell en el que el Doctor Gull explica a su cochero la verdadera historia de Londres). Gritó con su sucio acento porteño que si que había entradas y que iban a verlo todos disfrazados de hobbits, elfos y de toda esa basura. Su aullido fue secundado por un par de escuálidos muchachos. llenos de granos y que olían a sudor rancio tras una noche desenfrenada de Magic. Sin mediar palabra salí de la tienda lentamente y sin darles la espalda. Hay muchos que quieren hacerse un nombre asesinando en el nombre del rol o de su personaje preferido de Final Fantasy.

Al salir a la luz y aire fresco exterior, me di cuenta que aquellos talifanes morirían en las oscuras y lúgubres tiendas donde pasaban noches. Que su estupidez supina no saldría de los tugurios donde se juntan, salvo para ver alguna película en un preestreno masivo. Yo fui como ellos en un tiempo pasado, porque recuerdo dar empujones, a falta de un mes para tener 18 años, a unos incapacitados sociales vestidos de Jedi por salir en una maldita foto en el estreno de La Amenaza Fantasma. Película que vi siete veces en el cine. Merezco la lapidación por ello. No obstante, Las Dos Torres la vi ataviado de persona normal, con buenos amigos y acurrucado en la oscuridad silenciosa entre personas normales, que disfrutan de ese espectacular plano inicial del Caladrhas y del puente de Kazad-Dhum.

Pero algún ejecutivo agresivo especializado en mercadotécnia decidió, entre mamada y mamada de su secretaria en el ático de un edificio de cristal, que había que exprimir a esos panolis. Eran tiempos difíciles y la mamarrachada de los metrosexuales y David Beckham coleaba agonizante. Los hombres heterosexuales no se cuidan, se emborrachan y no se la sacuden al mear, no hacen falta tener un master en comunicación para saber eso. El ejecutivo en cuestión puso de moda la palabra “friki” y los borregos gilipollas de siempre se apuntaron al carro.

Empezó con un expolio masivo de las reservas de atontaos fans de Star Wars, a quiénes George Lucas llevaba ya exprimiendo durante años y a los que iba a exprimir hasta la saciedad hasta… bueno probablemente hasta el fin de los días. La reacción de los consumidores, en vez de ser negativa, fue la contraria: toda esta acción comercial generó un sentimiento de identificación tribal radical. Si, habían nacido los Talifanes.

Pronto comenzó a extenderse a todo tipo de ocio y cuestiones culturales: música, cine, moda y televisión. El DVD lleno de contenidos extras fue el arma utilizada para la infección y la exclusividad fue el reclamo. Especialmente triste fue el día de Bill Gates abrió las puertas del templo sagrado de los videojuegos que fue violado por una turba enfurecida y ansiosa de experiencias para sorpresa y llanto de los fieles solitarios y silenciosos. Modo Online lo llamaron. Su enemigo íntimo Steve Jobs buscó en la marea gilipollas y cambiante de las tendencias y encontró a toda una caterva de modernillos sin identidad. Las tribus de talifanes se extendían al servicio del marketing.

El último refugio de estas mentes borreguiles y adocenadas han sido las series de televisión. De nuevo el DVD fue el arma de destrucción masiva bombardeando con términos como temporadas, revisiones o tensión sexual no resuelta. Ahora todos somos guionistas y nos creemos la pera en verso. Ahora todos llevamos camisetas de series o películas, un pequeño jirón de rencor para Santiago Segura por sus promociones cansinas.

Los talifanes sacrifican su inteligencia en favor de la adoración de algo por el mero hecho de la adoración. No discuten, no razonan. Lo lamentable del asunto es que, salvo en el caso de cosas de George Lucas ”el traidor”, la calidad de los productos es bastante alta, salvo algún bizarrismo que de tan malo, da la vuelta hasta convertirse en bueno e incluso genial. Si, Quentin Tarantino, has tenido suerte de hacer tu mierda de películas en los tiempos talifanes.

La tendencia a agruparse en manadas o masas por las calles, día del orgullo zombi, por favor, o en cines, me hace recordar una escena de Crónicas de la Dragonlance. Cuando Sturm Brightblade estaba atrapado en la ciudad de Solace en medio de una multitud y vió como un Dragón Negro, oh Kitiara no somos dignos, echaba una llamarada de ácido y fuego en medio de una calles aniquilando a la multitud de insectos humanos que se agolpaba tratando de huir. Si talifán, se pueden tener conocimientos innecesarios e irrelevantes y no ser un cansino.